domingo, 19 de junio de 2011

XXVII

És incòmode viure en aquest món.
Pesen les hores i les nits
com natures mortes en el llenç.
Pesen com volves de neu
flotants i amuntegades
desfetes
tacades de pluja i desconsol.
Pesen, vestits de gris
el temps i tots els seus soldats
de boira espessa.

L'exèrcit de les hores no et deixarà tranquil.

Fuig, fuig
que tu i jo sabem
que és això el que t'espanta.
Fuig, fuig
que és massa cert
el temps

i ja s'acaba.

martes, 24 de mayo de 2011

Sórdida soledad de un bar

En un bar de un pequeño barrio en la ciudad, el humo se agolpa bajo las luces. En el exterior, un gato negro se pasea voluptuosamente entre contenedores de basura. Se oyen cuatro voces, ahogadas por una música de los ochenta. Dos mujeres se sientan en una mesa, exaltadas tras salir del trabajo, y avisan al camarero, que lleva un tiempo moviéndose detrás de la barra, limpiando vasos y sirviendo cafés.
- Dos aguas grandes, por favor.
- ¡Já! ¿Celebran algo? Tanta agua, tanta agua… ¡no es buena para el cuerpo!

En el rincón más iluminado del bar, el escritor espera a que el café se enfríe mientras escribe garabatos en una libreta de formato pequeño. Deja el bolígrafo aparte, y bebe un sorbo del café, que le quema la lengua y le hace esbozar una mueca grotesca. En el otro extremo, un hombre delgado, con una chaqueta de cuero, permanece de pie en frente de la máquina tragaperras. Pulsa un botón luego otro y otro y otro mientras acaricia una moneda, con extrema delicadeza, en su mano izquierda. El juego acaba.
- Hasta luego, Gus – dice el hombre mientras levanta el brazo y se dirige hacia la puerta.
- Venga, que vaya bien – responde el camarero.

El escritor enciende un cigarrillo antes de seguir escribiendo. “¿Y qué queda ahora?” apunta en su libreta. “Quizás solo el suicidio. Estos son días ya muertos. Parece como si el tiempo estuviera condenado ahora a ser matado, a haber muerto ya, a no haber existido nunca. Pasa insípido sobre nuestras cabezas, entre nuestras piernas y dedos de los pies. No erosiona, no arranca nada. Solo pasa y pasa y pasa y pasa y nada. El mundo parece irreal. El cielo es gris oscuro, y lloverá. Hace dos días el sol quemaba la piel. Ahora quema la luz indefinida que se esconde tras las nubes, aquella luz que parece un sinsentido, una absurdidad de día nublado. El verde de árboles, plantas y arbustos está apagado - ¿ ya quemado ? Incluso escribir se convierte en un pasatiempo, algo extraño y quizás infame. Pensar es pesado, lento, preciso. No hay emoción en la escritura, ni en el pensar. Me parece que ahora sería capaz de condenar a muerte a cualquiera. Se me está helando la piel. Durante un rato, ya no sé sonreír. Sou-rire, justo por debajo de la risa. Ayer reía, lo recuerdo bien.
¡Bah! Nada de esto tiene sentido nada (¡nada!) de lo que escribo tiene sentido y no sé por qué me llamo a mí mismo escritor ni a quién me dirijo en mis textos ni a quién se le ocurriría perder su tiempo leyendo semejante porquería pero ¡¿qué más da todo esto?!
Las manos del escritor se tensan con fuerza y dejan ir el bolígrafo. Se lleva la mano derecha a la cara, aún temblando, y después recoge el bolígrafo, acercándolo de nuevo a la libreta. Una frase, un tachón, y la cabeza acaba reposando en la mano inerte que sostiene el bolígrafo.

Un hombre de mediana edad sentado en la barra lleva observándolo ya un tiempo mientras toma un coñac. Levanta la copa sin dejar de mirarlo, cierra los ojos, bebe un último trago y acto seguido se lame los labios lentamente. Le encanta notar el pinchazo alcohólico en las pequeñas heridas en los labios, y le resulta bestialmente atractivo ese último trago. No por ningún simbolismo, simplemente le encanta. En una fracción de segundo, le devuelve a la memoria todos los momentos en que ha sentido ese mismo dolor. Los recuerda, experimentándolos de nuevo, y cada uno de ellos le golpea las sienes y le hace girar la cabeza bruscamente. Derechazos de un boxeador experto le hacen moverse de un lado a otro, caer por momentos, y aún sin levantarse, recibir un nuevo golpe. Y al acabar, dándose por vencido, esboza una sonrisa socarrona y pide otro coñac. Y repite el proceso. Cada tarde. Ésta vez, sin embargo, se contenta con observar al escritor, inmóvil. Da un trago al coñac. Evade el placentero proceso de siempre para seguir observando al escritor. Da otro trago al coñac, y arquea las cejas, sonriendo solo en la parte derecha de la cara. Al acabar la bebida, se levanta de la barra, y con una mirada lóbrega, se dirige al escritor.
- ¿Tenés un cigarro?
- Sí, toma.
El hombre enciende el cigarro, exhala el humo, y después de un breve silencio prosigue:
- Hace días que lo veo por aquí, siempre en el mismo lugar del bar.
- Pues igual que tú.
El hombre sonríe y da una calada al cigarro sin dejar de mirar al escritor.
- ¿Qué escribís?
- Mierda. Pura mierda. – dice mientras deja el bolígrafo a un lado y se revuelve el pelo. Tiene el pelo sucio, lleno de caspa aquí y allá, y viste una americana roída y un jersey negro. Apaga el cigarro y rápidamente busca la bolsa de picadura para prepararse otro. Siempre lleva dos paquetes consigo, uno de cigarros normales para cuando alguien le pide uno, y otro de picadura para él.
- ¿Qué le pasa, joven?
- No creo que seas tan viejo como para llamarme joven. ¿Cómo te llamas?
- ¿Qué importa?
El hombre vuelve a sonreír mientras realiza la pregunta, manteniendo abiertos sus ojos negros, abajando la mirada pero siguiendo con el contacto visual al tiempo que da una última calada al cigarro. El bar se va vaciando paulatinamente, hasta que solo quedan ellos dos, y dos o tres personas más que se acumulan en la barra. El ayudante de cocina, alto y rubio, sale de la cocina vestido de calle y se dirige hacia la barra. Se detiene un momento y recoge una moneda que alguien había dejado de propina.
- Hasta mañana. – dice el ayudante con un tono monótono y un marcado acento de Europa del Este. Camina hacia la puerta, la abre, y forcejea intentando hacer pasar su mochila, completamente llena, por la pequeña puerta.

Al mismo tiempo, el camarero se acerca a los dos hombres caminando con la cabeza gacha, y con una sonrisa pícara, se dirige a ellos.
- ¿Algo más, señoritos? Si piensan quedarse aquí mucho tiempo más, les aviso que cerramos en media hora, que se hace tarde, y mañana hay que trabajar. ¿Trabajan ustedes? No me los imagino en una oficina, ni sirviendo a nadie. Deben tener ustedes bastante dinero. Saben, aquí nos iría bien alguna propinilla de vez en cuando. Se hace difícil vivir en estos tiempos, y más aún cuando…
- No, lo siento – responden ambos al unísono.
- Ya nos vamos, no se preocupe. Ya le pagaré la próxima vez. – añade el escritor.
El camarero parte con una visible insatisfacción, y los dos hombres se miran, sonriendo. El escritor da un último sorbo al café y guarda la libreta en el bolsillo interior de la americana. Se levanta, y el otro hombre lo sigue hasta salir del bar. Un suave aire marino reina en las calles. El gato negro que antes rondaba por allí ahora rebusca en la basura junto a otro gato más, encontrando de vez en cuando algunas sobras de comida del bar. El escritor respira profundamente, le ofrece un cigarro al otro hombre, y coge otro para él. “A la mierda la picadura”, piensa. Fuman en silencio, observando las calles. Al cabo de un rato, el hombre gira la cabeza hacia el escritor, con la misma sonrisa de antes.
- ¿Otro bar?
- Definitivamente.

sábado, 7 de mayo de 2011

El libro del desasosiego

"No sé qué efecto sutil de luz, o ruido vago, o memoria de perfume o música, tañida por no sé qué influencia externa, me ha traído de repente, en pleno ir por la calle, estas divagaciones que anoto sin prisa, al sentarme, en el café, distraídamente. No sé a dónde iba a conducir los pensamientos, o dónde preferiría conducirlos. El día es de una leve niebla húmeda y caliente, triste sin amenazas, monótono sin razón. Me duele un sentimiento que desconozco; me falta un argumento no sé sobre qué; no tengo deseo en los nervios. Estoy triste por debajo de la conciencia. Y escribo estas líneas, realmente mal-anotadas, no para decir esto, ni para decir nada, sino para dar un trabajo a mi distracción. Voy llenando lentamente, a trazos flojos de lápiz —que no tengo sentimentalismo para afilar— el papel blanco de envolver los bocadillos que me han dado en el café, porque no necesitaba uno mejor y cualquiera servía, siempre que fuese blanco. Y me doy por satisfecho. Me reclino. La tarde cae monótona y sin lluvia, con un tono de luz desalentado e inseguro... Y dejo de escribir porque dejo de escribir."

Ferando Pessoa

viernes, 29 de abril de 2011

Bocins

Investigate mad young original concrete impressions and ask for no empty psychedelic balance.


Some instruments would scream and shimmer here in the empty white metallic smoke if death was soft black deep pain or an angel that creates blue anger.



I, cada cop més a prop, es tanquen, es rendeixen, deixen de ser dues mines d'or i vels d'ànima per esdevenir petits inferns d'existència en estat de gràcia, que crema d'inefable boira crepuscular i plaent bàlsam de desig.

viernes, 22 de abril de 2011

Lento

Estos son días ya muertos. Parece como si el tiempo estuviera condenado ahora a ser matado, a haber muerto ya, a no haber existido nunca. Pasa insípido sobre nuestras cabezas, entre nuestras piernas y dedos de los pies. No erosiona, no arranca nada. Solo pasa y pasa y pasa y pasa y nada. El mundo parece irreal. El cielo es gris oscuro, y lloverá. Hace dos días el sol quemaba la piel. Ahora quema la luz indefinida que se esconde tras las nubes, aquella luz que parece un sinsentido, una absurdidad por quemar en días nublados. El verde de árboles, plantas y arbustos está apagado - ¿ ya quemado ? Incluso escribir se convierte en un pasatiempo, algo extraño y quizás infame. Pensar es pesado, lento, preciso. No hay emoción en la escritura, ni en el pensar. Me parece que ahora sería capaz de condenar a muerte a cualquiera. Se me está helando la piel. Durante un rato, ya no sé sonreír. Sou-rire, justo por debajo de la risa. Ayer reía, lo recuerdo bien.

miércoles, 9 de marzo de 2011

XVII.

No me gusto escribiendo.
Odio este mismo ritmo
melancólico, reacio
a romper convenciones
prejuicios y tópicos.

Odio esta misma costumbre
de dar
(exactamente)
tres palabras por concepto.
Odio las repeticiones
de verbos en primera persona.

Odio la musicalidad penosa
grasienta y estancada
que se arrastra
entre adjetivos oxidados
y lame el asfalto
esperando encontrar petróleo.


Pero
por encima de todo
odio los finales inconclusos.

viernes, 4 de marzo de 2011

Por ahora soy inmortal.

Cuando me de cuenta de que no lo soy,








entonces ya haré cosas de mortales.